La banda de Faris Badwan no deja de sorprender a la gente que está en la búsqueda incansable de viajes a través de la música. No creo que sea el único gil que me imagine una secuencia entera de colores con tan solo escuchar los puentes armónicos que son capaces de crear. Desde su grandioso Primary Colours que consiguen superarse a sí mismos y hacer que cada álbum sea más y más emocionante.

En este 2014 ya los tenemos jugando de locales entre las sombras y presentan su cuarto disco yendo a lo seguro, que es repetir una vez más su fórmula neo-psicodélica… con la ligera diferencia de que esta vez no vuelan tan alto como en Skying y se juegan a explorar en otros ámbitos del post-punk, el shoegaze e inclusive la música disco. De a poco están armando un tutorial de vida sobre cómo deben proceder las bandas una vez que ya hayan encontrado su sonido ideal.

Los dos minutos iniciales de “Chasing Shadows” son el anuncio de algo abrumador. No son más que ruidos acuáticos que salen de sus instrumentos en reverb, no te dicen nada pero son imprescindibles para un grupo como este que juega mucho con los preludios. Luego de eso van directo a lo suyo metiéndote en un túnel cósmico del que no hay intenciones de salir, la voz cálida de Faris oficia de guía como un ente luminoso, así como el señor Burns en ese episodio de Los Simpsons en el que lo confunden con un extraterrestre (?).

Al mencionar que esta vez no vuelan tan alto, me refería a que en este disco no hay tantos momentos hipnóticos como un “Sea Within a Sea”, lo más parecido acá es “I See You”, tremenda canción que va tan alto en la escala de emotividad en sus minutos finales que te deja con esa sensación de que no querés que acabe nunca. Por otro lado, en “In and Out of Sight” se pueden escuchar caer las primeras gotas de synth pop ochentero, es lo más cercano que jamás estará The Horrors de sonar a algo que podamos etiquetar como “sensual”.

La madurez de esta banda vino en forma de homenajes intrínsecos al noise de los 90s, en temas como “Jealous Sun” y “Mine and Yours” parecen estar invocando a las guitarras de Thurston Moore y Kevin Shields. Las influencias son evidentes y a pesar de hacer un más que justo y necesario tributo a sus ídolos, haciendo una comparación con el resto de su discografía, no es este tipo de canciones las que más conmueven de su repertorio. No es que no lo hagan bien, es sólo que no me llenan por completo como si lo hacen sus temas que duran 6 minutos para arriba.

Otro momento de superación se da en “Falling Star”, uno de esos tracks que hacen el resumen de una carrera completa, con la debida atención se pueden percibir en ella todas las mutaciones por las que paso este grupo desde sus inicios poseídos por el garage punk (cuando su nombre era acorde a la música que hacían) hasta lo que son hoy: cuervos que se disfrazan de emos para hacer la música más divina que se haya oído en décadas.

Es reconfortante ser fanático de una banda que por alguna razón, todo lo que deciden está bien. Es un honor hablar de una banda que sigue haciendo bien las cosas en su cuarto disco de estudio, cosa que no anda sucediendo muy a menudo con sus contemporáneos que se quedan por el camino haciendo lo mismo o van al polo opuesto, haciendo experimentos fallidos que apenas llegan a convencer a los que se tatuaron el logo del grupo en el brazo. Por el momento, es una satisfacción ponerle en replay a este disco hasta que salga el siguiente.

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Vidal Delgado

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